¿Por qué nos gustan las marcas?
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¿Por qué nos gustan las marcas?

Una verdad verdadera compartida por Carlos Cortés, creador de sus propios modelos de brading.

6 de septiembre de 2023
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¿Por qué nos gustan las marcas? | Este es un pequeño fragmento de una conversación con un cliente de consultoría en marketing digital del sector gastronómico colombiano.

¿Por qué nos gustan las marcas? La respuesta parece sencilla, pero no lo es. Podemos creer que preferimos una marca por su producto, su diseño, su precio o su calidad; sin embargo, muchas veces la verdadera razón está en otro lugar: nos conectamos con las marcas porque encontramos en ellas valores, actitudes y formas de entender el mundo con las que nos sentimos identificados.

Esa conexión no depende únicamente del gusto personal. Es una relación emocional. Una marca logra atraernos cuando representa algo que consideramos importante, cuando se parece a la persona que somos o, incluso, a la persona que quisiéramos llegar a ser. Por eso algunas elecciones de compra terminan diciendo mucho más sobre nosotros que sobre el producto que llevamos en las manos.

Cuando alguien escoge una marca de ropa, un vehículo, un teléfono o un restaurante, no siempre está comparando características de manera fría y racional. También está eligiendo una identidad, una comunidad y una manera de presentarse frente a los demás. Allí comienza el verdadero poder de una marca.

Nos conectamos con los valores de las marcas

Las marcas que logran ocupar un lugar importante en la vida de las personas no se limitan a vender productos. Representan valores. Algunas transmiten elegancia, otras rebeldía, innovación, tradición, cercanía, prestigio, seguridad o libertad. Esos valores actúan como un puente entre la empresa y su público.

La conexión aparece cuando una persona reconoce en la marca algo que siente como propio. No se trata solamente de pensar “me gusta este producto”, sino de sentir “esta marca se parece a mí”. Ese cambio es enorme, porque convierte una transacción comercial en una relación emocional.

Una empresa puede fabricar un producto excelente y, aun así, no construir una marca fuerte. El producto resuelve una necesidad, pero la marca agrega significado. El producto se compra; la marca se recuerda, se recomienda, se defiende y, en algunos casos, se convierte en una parte visible de la identidad de quien la utiliza.

Por eso, cuando Carlos Cortés trabaja alrededor del ADN de marca, no comienza preguntando únicamente qué vende la empresa. Primero busca entender qué representa, cuáles son sus valores, qué personalidad tiene y qué clase de vínculo quiere construir con las personas. Sin esa claridad, la comunicación puede ser bonita, pero difícilmente será significativa.

“Nosotros somos Mercedes”

Hace algunos años, mientras capacitaba al equipo de una gran fábrica de ropa, llegué a la empresa y el portero me indicó dónde debía estacionar. Al acercarme al parqueadero encontré algo curioso: había varios automóviles y prácticamente todos eran Mercedes-Benz. Uno detrás de otro. Parecía el concesionario de la marca.

Durante la conversación pregunté por qué tantos integrantes de la empresa conducían vehículos Mercedes. La respuesta fue inmediata: “Porque esa es nuestra marca. Nosotros somos Mercedes”.

La frase es extraordinaria porque no dice “nos gusta Mercedes”, “compramos Mercedes” o “consideramos que Mercedes fabrica buenos carros”. Dice algo mucho más profundo: “Nosotros somos Mercedes”. En ese momento, las personas dejan de comportarse como simples compradores y comienzan a apropiarse de los valores de la marca.

Cuando alguien afirma “yo soy Mercedes”, está diciendo que se identifica con lo que la marca representa. Siente que pertenece a su universo, que comparte sus códigos y que forma parte de una familia. La marca ya no vive únicamente en el producto; vive también en la identidad de la persona que lo utiliza.

Ese es uno de los niveles más altos a los que puede llegar una estrategia de construcción de marca. La persona no solo compra: se reconoce dentro de la marca y utiliza esa elección para comunicar quién es.

Las marcas también generan rivalidades

Durante aquella misma capacitación, la conversación pasó de Mercedes a otras marcas de vehículos, particularmente Audi y BMW. Las opiniones fueron duras, apasionadas y completamente parcializadas. No correspondían a una comparación objetiva entre motores, sistemas de seguridad, materiales o desempeño.

Era algo parecido a escuchar a un hincha del Atlético Nacional hablando del Independiente Medellín, o a un seguidor del Deportivo Pereira opinando sobre uno de sus rivales. En esas conversaciones, la objetividad desaparece porque no se está defendiendo solamente una elección. Se está defendiendo una identidad.

Esto ayuda a entender por qué algunas personas reaccionan con tanta intensidad cuando alguien cuestiona una marca que aman. No sienten que están criticando un producto; sienten que están criticando una decisión que forma parte de su personalidad, de su estilo o de su manera de pertenecer al mundo.

Las grandes marcas crean comunidades que, en ocasiones, se comportan como tribus. Sus integrantes comparten símbolos, expresiones, códigos, rituales y formas de reconocer a quienes pertenecen al grupo. Por eso las disputas entre Apple y Android, Nike y Adidas, Coca-Cola y Pepsi o Mercedes y BMW pueden adquirir una intensidad sorprendente.

El ADN de marca permite construir una identidad reconocible

Una marca no logra esa clase de conexión por accidente. Para construirla necesita tener claridad sobre su identidad. Allí aparece el concepto de ADN de marca, que reúne los elementos esenciales que hacen que una empresa sea reconocible, coherente y diferente.

El ADN de marca incluye sus valores, su propósito, su personalidad, su tono de comunicación, sus creencias, sus comportamientos y la forma como quiere relacionarse con las personas. No es solamente una descripción interna. Es la base desde la cual se toman decisiones sobre comunicación, servicio, diseño, publicidad, contenidos y experiencia de cliente.

Cuando ese ADN está bien definido, la marca se comporta de manera consistente. Las personas comienzan a reconocerla incluso antes de ver su logotipo. Identifican su forma de hablar, su estilo visual, la clase de historias que cuenta y la actitud con la que se presenta.

Por el contrario, una empresa que no conoce su ADN cambia constantemente de personalidad. Un día intenta ser elegante, al siguiente divertida, luego técnica y después emocional. Esa inestabilidad dificulta la conexión porque el público nunca termina de entender quién está hablando.

Una marca fuerte no necesita inventarse de nuevo en cada publicación. Puede evolucionar, naturalmente, pero conserva una esencia. Esa esencia es la que permite que el público la reconozca y construya una relación con ella.

¿Qué es la Matriz de ADN de marca?

La Matriz de ADN de marca es una herramienta que permite organizar de manera concreta los elementos que definen la identidad de una empresa. Su función es evitar que la marca dependa de opiniones aisladas, ocurrencias del momento o decisiones que cambian según la persona encargada de la comunicación.

Esta matriz ayuda a responder preguntas fundamentales: ¿quién es la marca?, ¿qué representa?, ¿cuáles son sus valores?, ¿cómo se comporta?, ¿qué emociones quiere producir?, ¿cómo habla?, ¿qué la diferencia?, ¿qué tipo de personas quiere atraer y qué clase de relación desea construir con ellas?

Las respuestas permiten transformar ideas abstractas en criterios útiles para tomar decisiones. Si una marca se define como cercana, por ejemplo, esa cercanía debe aparecer en sus mensajes, en la atención al cliente, en su página web, en sus redes sociales y en la manera como responde cuando se presenta un problema.

La Matriz de ADN de marca también sirve para detectar contradicciones. Una empresa puede afirmar que valora la innovación, pero mantener procesos anticuados y una comunicación rígida. Puede decir que es cercana, pero responder con mensajes impersonales. Puede declararse incluyente, pero mostrar siempre el mismo tipo de personas en sus contenidos.

Cuando existe una diferencia entre lo que la marca dice y lo que realmente hace, la conexión emocional se debilita. La matriz permite revisar esa coherencia y alinear la identidad con la experiencia que reciben las personas.

Una marca no es solamente un logotipo

Uno de los errores más frecuentes consiste en reducir la construcción de marca al diseño de un logotipo, una paleta de colores y algunas tipografías. Estos elementos son importantes, pero representan solamente la parte visible de algo mucho más profundo.

El logotipo permite identificar a la marca, pero no explica por sí solo quién es. Los colores pueden producir determinadas sensaciones, pero necesitan estar respaldados por una personalidad real. La identidad visual adquiere fuerza cuando expresa con claridad el ADN de marca.

Una marca se manifiesta en cada punto de contacto: en la forma como responde una llamada, redacta un correo, atiende una reclamación, presenta un producto, diseña su página web o se comunica en redes sociales. Cada una de esas experiencias confirma o contradice la identidad que la empresa intenta proyectar.

Por eso la construcción de marca no debería quedar exclusivamente en manos del área de diseño o publicidad. Es una responsabilidad transversal. La marca también se construye desde el servicio al cliente, la administración, el equipo comercial, la entrega del producto y las decisiones de quienes dirigen la organización.

Las personas se acercan a las marcas que las representan

Cuando una marca tiene un ADN claro, empieza a atraer a personas que comparten sus valores. Esto no significa que deba gustarle a todo el mundo. De hecho, las marcas con una personalidad fuerte suelen generar afinidad en unos públicos y rechazo en otros.

Eso no es necesariamente un problema. Una marca que intenta agradarle a todas las personas puede terminar perdiendo su carácter. Al no defender una posición, un estilo o unos valores reconocibles, se vuelve genérica y fácilmente reemplazable.

Mercedes no necesita convencer a todos los compradores de automóviles. Necesita fortalecer la relación con quienes se reconocen en los valores que representa. Lo mismo ocurre con cualquier empresa, independientemente de su tamaño. Una marca local también puede construir una comunidad fiel cuando entiende a quién quiere atraer y qué significado desea ocupar en su vida.

La afinidad no nace de repetir constantemente que un producto es bueno. Nace de demostrar, a través de acciones y experiencias consistentes, que la marca representa algo valioso para su público.

La conexión emocional también necesita coherencia

Las emociones no pueden utilizarse como un truco publicitario. Una empresa no construye conexión emocional simplemente porque publique historias conmovedoras o utilice frases inspiradoras. La emoción funciona cuando está conectada con una identidad auténtica.

Si una marca habla de confianza, debe comportarse de manera confiable. Si habla de cercanía, debe responder cuando alguien necesita ayuda. Si promete calidad, esa calidad debe aparecer tanto en el producto como en la experiencia de compra. La comunicación puede atraer, pero el comportamiento confirma si la promesa es verdadera.

Por eso el ADN de marca no debe quedarse archivado en una presentación. Debe convertirse en una guía cotidiana. Sirve para decidir qué campañas desarrollar, qué mensajes evitar, qué alianzas aceptar, cómo responder ante una crisis y qué clase de experiencia ofrecer.

La coherencia es la que permite que, con el tiempo, las personas relacionen la marca con determinados valores. Esa asociación no se construye con una sola campaña. Se forma a través de múltiples experiencias que transmiten la misma esencia.

Antes de preguntar cómo vender, conviene preguntar quién eres

Muchas empresas comienzan su estrategia de Marketing Digital preguntando qué deben publicar, qué red social utilizar o cuánto dinero invertir en publicidad. Sin embargo, antes de resolver cualquiera de esas preguntas deberían tener una respuesta clara para otra mucho más importante: ¿quién es la marca?

Sin una identidad definida, la comunicación se convierte en una colección de mensajes sin dirección. Se publican tendencias, promociones, fechas especiales y contenidos similares a los de la competencia, pero no se construye una percepción propia.

El trabajo sobre el ADN de marca permite cambiar ese orden. Primero se define la identidad. Después se establece la estrategia. Finalmente se seleccionan las herramientas, los canales y los formatos que mejor pueden expresar esa identidad.

En Carlos Cortés Agencia y Carlos Cortés Academy, esta mirada parte de una idea sencilla: las personas no desarrollan relaciones con empresas que hablan de manera genérica. Se conectan con marcas capaces de expresar una personalidad clara, defender valores reconocibles y comportarse de manera coherente.

¿Qué dice tu marca sobre las personas que la eligen?

La pregunta no es solamente por qué nos gustan las marcas. También vale la pena preguntarse qué dicen nuestras marcas preferidas sobre nosotros. Las elecciones que hacemos pueden comunicar nuestras aspiraciones, nuestros valores, nuestro estilo y la manera como queremos ser percibidos.

Eso explica por qué algunas personas no dicen simplemente “tengo un Mercedes”, sino “yo soy Mercedes”. La marca se convierte en una extensión de su identidad y en una forma de pertenecer a una comunidad.

Para una empresa, lograr ese nivel de conexión requiere mucho más que publicidad. Requiere entender su esencia, construir una Matriz de ADN de marca y asegurar que cada experiencia refleje aquello que promete representar.

Las marcas que las personas aman no son necesariamente las que más hablan de sí mismas. Son las que consiguen que alguien pueda mirarlas y pensar: “Eso también habla de mí”.

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